XVII
Desde estas altas rocas innombrables pudiera verse el mar... |
Desde este faro ciego es imposible
que pueda verse el mar,
entrever los contornos de la costa
como la gente que en los barcos
va diciendo adiós,
y son esas gaviotas que se alejan,
espuma transparente,
las huellas más efímeras que arrastran
jirones de palabras,
los ecos de una voz que desde el puerto
se carga de paciencia y vuelve al pueblo.
Qué lejos cae de aquí el acantilado
y, sin embargo,
qué cerca siento el vértigo,
la ambigua sensación de la caída
entre el placer del vuelo
y el miedo a la certeza de la muerte.
He salido a la noche sin cubrirme,
desnudo a un viento lívido que a ráfagas
estrella contra mí todos los nombres
lde aquellos que se ahogaron.
Mañana arrancarán y no habrá indulto
a marzo en la pared de una cocina,
dormitorios sonámbulos,
consultas de abogado y oficinas.
Acercarán el año un poco más
a un pretérito imperfectamente conjugado.
Será de abril entonces mi presencia
nocturna en la atalaya, en este faro
de improbables visiones.
También presentiré brisas salinas,
aunque sé de memoria lo lejos que está el mar,
y cuántos espejismos crea la lluvia
cuando golpea la piel de las ciudades.
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